En este corto lapso de gobierno de la revolución ciudadana se ha avanzado mucho. Los hospitales son un ejemplo de hospitales. Las carreteras son un ejemplo de carreteras. Las escuelas son un ejemplo de escuelas.
Además, por fin tenemos un gobierno que hace respetar la soberanía del Estado y un presidente que encarcela a cualquier pelafustán que se atreve a desafiar su majestad.
Por fin, también, la partidocracia ha muerto.
Lo único funesto que conserva este país es su historia. Una historia bastarda, maldita, que se impregna, como moho, en el presente promisorio. Por eso, el excelentísimo señor presidente de la República repite con obstinación que, lamentablemente, él heredó los muchos vicios que ensombrecen esta hora y que, en el corto periodo de su ejercicio presidencial, aún pesan.
Pesa una burocracia indolente cuyos defectos, a decir del excelentísimo señor presidente de la República, vienen de atrás.
Los nuevos funcionarios, aunque de mentes lúcidas y corazones ardientes, parece que llegan con el chip de la corrupción incorporado y por eso las inmoralidades continúan. Para que la administración pública adquiera cierto elemental nivel de eficiencia, quizás habrá que esperar que transcurran quince, veinte años más de revolución ciudadana, hasta que los funcionarios se inoculen con el virus del cambio y comiencen a pensar que ellos están ahí para servir, no para ser servidos, para frenar los robos, no para robar. Mas, ¡oh!, el excelentísimo señor presidente de la República afirma que él no es el inventor de esa burocracia somnolienta, indolente y rapaz y que, por eso, nadie debe tomarle cuentas sobre su truhanesca conducta.
Y en realidad nadie se las toma.
Paradójicamente, continúa el excelentísimo señor presidente de la República multiplicando los ministerios al buen tuntún, sin que ni él mismo sepa cuántas personas integran su gabinete ni, peor, cuáles son las funciones que cada quien debe cumplir. ¿Para qué? Suficiente es que quien se proclame como seguidor del socialismo del siglo XXI pueda acceder a la cúpula palaciega y, de pronto, comience a deambular por las calles en vehículos oficiales y adjudicar, al paso, los contratos a dedo.
Ha tenido el excelentísimo señor presidente de la República la mala fortuna de gobernar un país con historia y eso le pesa como un fardo a la hora de explicar por qué las cosas que él dijo que iban a cambiar no han cambiado. Y, por eso, no le queda más que repetir la muletilla de que él heredó la violencia, la injusticia, la mañosería y que no le culpen por su vigencia en esta hora de grandes transformaciones en que todo lo nuevo tiene un único lastre: la historia.
Una historia que va dejando su renegrida huella en la construcción de hospitales, carreteras, escuelas, contratos de toda índole y hasta en la nueva, atosigante propaganda con que la revolución ciudadana busca convencernos de que la patria ya es de todos.
La culpa de que existan trapacerías en este corto lapso de gobierno de la revolución ciudadana no es, pues, del presidente ni de sus ministros ni de sus conmilitones.
Es de la historia.
Francisco Febres Cordero pajaro@eluniverso.com
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